28 de noviembre de 2020

A 100 días del comienzo de la cuarentena, el ingenio argentino le da batalla al coronavirus.

La pandemia de COVID-19 cambió la forma de vida de millones de personas en todo el mundo, modificando formas de convivencia, trabajo y esparcimiento, pero además generó que investigadores, trabajadores de la salud, empresarios y emprendedores pusieran a prueba su ingenio para mejorar las herramientas médicas disponibles.

Cuando a mediados de marzo el coronavirus desembarcó en Argentina, un grupo de médicos se reunió con investigadores de la Universidad de Tres de Febrero (Untref) y de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para pedir ayuda: ellos sabían que habría insumos críticos que podían llegar a escasear.

Así, ingenieros que trabajan habitualmente en la creación de aerogeneradores para suministrar electricidad en barrios vulnerables, comenzaron a diseñar elementos de uso médico que, con bajos costos de producción, pudieran suplir esos faltantes.

El grupo interdisciplinario conformado entre la Untref y la CNEA se propuso el desarrollo de tres proyectos que, al día de hoy, sólo esperan la aprobación de la Anmat para comenzar a ser fabricados y distribuidos.

«Diseñamos una válvula Venturi, un cilindro de 10 centímetros de longitud que se conecta a la máscara de oxígeno y permite regular la concentración que se suministra. Esta válvula no se consigue en el país y, a diferencia de las que se importan, es de flujo variable, es decir que con una sola se puede regular la cantidad de gas sin cambiarla por una más chica o más grande», explicó a Télam Lucio Ponzoni, director del equipo.

Diseñado en un material biodegradable, este implemento puede producirse con una impresora 3D que cuente con los planos necesarios para su creación.

También gracias a esa tecnología, se pudo mejorar y desarrollar un videolaringoscopio, el instrumento que permite la intubación rápida de los pacientes en estado grave.

«Se trata de la mejora de un desarrollo internacional que realizó una ONG de Estados Unidos y permite al médico intubar de manera rápida. El costo es de 10 mil o 15 mil dólares pero, gracias a los planos que nos cedieron y a la impresión 3D, se puede fabricar por 1.000 pesos».

Además, se encargaron de modificar un instrumento que sirve de barrera física entre el paciente y el médico a la hora de hacer la intubación, bajando los costos de 25 mil pesos a 1500.

Se trata del «aerosol-box», una caja transparente que se ubica sobre la cabeza y torso del paciente y que a través de dos orificios laterales permite al médico ingresar sus manos y realizar la riesgosa operación de colocar un respirador artificial.

«Estas cajas originalmente se hacen de acrílico rígido, que tienen inconvenientes como la modificación de la imagen de lo que ve el médico. Nosotros la armamos con nylon cristal, que es barato y se consigue con facilidad, con una estructura de aluminio y nodos impresos en 3D», explicó Ponzoni.

Al mismo tiempo empresas privadas se lanzaron a innovar para producir equipamiento médico que no se usaba hasta el momento en el país y que ha probado tener eficacia en el tratamiento de la Covid-19.

La empresa consiguió la autorización de la Anmat para su venta en el país y ya exportó 600 cascos a Chile y 200 a Guatemala, entre otros destinos.

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