2 de diciembre de 2020

Grandes inundaciones en China.

Más de 400 ríos se han desbordado, 150 personas han muerto, y hay más de dos millones de desplazados. Lo peor podría estar aún por llegar

Chongqing es una ciudad extraña. Se caracteriza por dos peculiaridades: está construida en colinas que la hacen impracticable para las bicicletas y se encuentra en la confluencia de dos gigantescos ríos, el Yangtsé y el Jialin. La primera característica la protege frente a las inundaciones, pero la segunda hace que las zonas bajas de esta megalópolis sean especialmente vulnerables a la crecida de los ríos. Y ahora registran ya niveles peligrosos. «No ha parado de llover en semanas, y nunca había visto las corrientes tan fuertes», cuenta Zhang Wei, un jubilado que suele acercarse a la orilla a pescar, y que señala el nivel que marca el agua en los pilares de un puente. «Antes se podía discernir la diferencia en el color de ambos caudales en el punto en el que se encuentran. Ya no», añade. Y es cierto. Desde lo alto del recién inaugurado rascacielos horizontal Raffles, ambos ríos son una violenta mancha marrón.

Mucho más están sufriendo en otras localidades menos preparadas. 433 ríos se han desbordado, 33 han rebasado el nivel más alto registrado en la historia, y las inundaciones en pequeñas ciudades más expuestas han dejado más de 150 muertos y desaparecidos. El número de desplazados supera ya los 2,2 millones, 34 millones se han visto afectados, y la posibilidad de nuevas lluvias torrenciales han resucitado el fantasma de las que en 1998 dejaron casi 4.000 muertos. Afortunadamente, la China de hace dos décadas tiene poco que ver con la de hoy, mucho mejor preparada para hacer frente a estas situaciones: las Autoridades del país más poblado del mundo decretaron el pasado domingo el nivel 2 de alarma, y el Ejército ya ha sido desplegado en las zonas más vulnerables. 

Los soldados construyen diques de contención con sacos terreros, rescatan a los residentes que han quedado atrapados en edificios anegados, y colaboran con la limpieza de calles que han quedado impracticables y en la reparación de carreteras destruidas por corrimientos de tierra. Un año más, el verano comienza en la segunda potencia mundial con las imágenes de militares recorriendo calles anegadas en Zodiac. El propio presidente, Xi Jinping, ha ordenado que no se escatimen recursos en las operaciones de rescate y que se monitoricen regularmente infraestructuras críticas como diques y presas. 

De hecho, a 450 kilómetros de Chongqing, los residentes también muestran su temor por el estado de la presa de las Tres Gargantas, la mayor del mundo. No obstante, los dirigentes chinos aseguran que no hay nada que temer y que este gigante todavía está lejos de alcanzar niveles alarmantes. En otras instalaciones, sin embargo, las compuertas de emergencia se han abierto y han afectado a algunas localidades situadas en el cauce de los ríos, aunque los daños se han visto mitigados por la pronta evacuación de los residentes. «Hay que evitar que las personas afectadas vuelvan a caer en la pobreza por este tipo de desastres naturales», ha subrayado Xi.

Y en ningún lugar de China saben más de catástrofes este año que en Wuhan, epicentro de la pandemia del coronavirus. Después de haber recuperado cierta normalidad tras haber batido al patógeno, la ciudad ahora se enfrenta también a la crecida del Yangtsé. Y sin la seguridad que proporcionan las colinas de Chongqing. «Estamos preocupados, pero más por las consecuencias económicas que puede traer este desastre añadido al del coronavirus. De momento, las fábricas no están afectadas, pero si se vuelve a romper la cadena de suministro, para algunas empresas podría resultar letal», comenta Lin, empleada en una compañía de automoción que prefiere no dar su nombre de pila.

De momento, el Gobierno ha destinado unos 40 millones de euros a la lucha contra las inundaciones y confía en su capacidad para mitigar los efectos devastadores que tenían cuando China no estaba tan desarrollada. En la provincia de Jiangxi incluso han decretado medidas «de tiempos de guerra» para evitar que el lago Poyang, el mayor de agua dulce del país, provoque una gran devastación después de haber superado la cota de los 22,5 metros, un nivel superior al registrado en 1998.

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