27 de julio de 2021

Gauchito Gil: el santo popular y milagrero venerado por el pueblo

Al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San Expedito, a Ceferino Namuncurá, a Gilda, a Rodrigo, a todos ellos, entre muchos otros, los santifica el pueblo. Ladrones, cristianos, pecadores, viajeros, católicos bautizados, no hay restricciones: todos le rezan a Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como el Gauchito Gil. Le agradecen, le piden protección, que les dé una mano, «un favorcito», igual que se le pide a un amigo. Los devotos jamás se olvidan de tocar bocina al pasar por alguno de los miles de pequeños altares que se edifican en las banquinas de las rutas argentinas. Muchos se detienen y bajan, le prenden una vela, le acercan unos cigarros o le convidan un trago de vino que cualquier sediento que pase por la zona podrá tomar y devolver luego.

El Gauchito se metió en el corazón y en el cuerpo de millares de argentinos. Hoy cientos de manos se calzan una cinta roja atada a la muñeca con la leyenda “Gracias, Gauchito”.

Al Gauchito Gil, como a la Difunta Correa, a San Expedito, a Ceferino Namuncurá, a Gilda, a Rodrigo, a todos ellos, entre muchos otros, los santifica el pueblo. Ladrones, cristianos, pecadores, viajeros, católicos bautizados, no hay restricciones: todos le rezan a Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como el Gauchito Gil.

Le agradecen, le piden protección, que les dé una mano, «un favorcito», igual que se le pide a un amigo. Los devotos jamás se olvidan de tocar bocina al pasar por alguno de los miles de pequeños altares que se edifican en las banquinas de las rutas argentinas. Muchos se detienen y bajan, le prenden una vela, le acercan unos cigarros o le convidan un trago de vino que cualquier sediento que pase por la zona podrá tomar y devolver luego.

El Gauchito se metió en el corazón y en el cuerpo de millares de argentinos. Hoy cientos de manos se calzan una cinta roja atada a la muñeca con la leyenda “Gracias, Gauchito”.

¿Quién fue el Gauchito Gil?


La hagiografía, que es la ciencia que estudia la historia de las vidas de los santos, jamás podrá ser precisa acerca de la vida de un santo popular, de un santo pagano. Se sabe que Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Núñez, hijo de José Gil y Encarnación Nuñez, nació un 12 de agosto de un año que podría ser 1847, en Mercedes, provincia de Corrientes, en una zona que en guaraní llamaban Paiubre.
Se dice que amaba los bailes y las fiestas, en especial la de San Baltazar, el santo cambá, que era devoto de San La Muerte, que tenía un excelente manejo del facón y que su mirada hipnótica era temible para los enemigos y fulminante para las mujeres.

La historia registra que fue un peón rural, que sufrió los horrores de pelear en una guerra entre hermanos, en la Guerra de la Triple Alianza, y que luego fue reclutado para formar parte de las milicias que luchaban contra los federales.
Era una persona que se ganó varios enemigos. Dicen que era cuatrero y que repartía entre los pobres su botín, pero otras versiones hablan de que se disputó el amor de una mujer con un poderoso policía. Por eso se alejó de Mercedes para alistarse en la Guerra del Paraguay.

La leyenda cuenta que Ñandeyara, el dios guaraní, se le apareció en los sueños y le dijo: “no quieras derramar sangre de tus semejantes”. El Gauchito no lo dudó más y desertó del Ejército. Esa rebeldía, y conquistar a la mujer que pretendía un comisario, fueron algunos de los motivos de su sentencia de muerte. Le siguieron otras desobediencias intolerables para el poder de turno: se ganó el amor y la complicidad de la peonada correntina que lo empezó a conocer como a un justiciero, como a un héroe que protegía a los humildes, que robaba a los ricos para darle a los pobres, que vengaba a los humillados y que sanaba a los enfermos. El pueblo lo protegió, lo alimentó y lo cuidó hasta que lo capturaron.
Cuesta entender cómo a este bandido rural, a este símbolo de resistencia contra la injusticia que sorteó mil y una emboscadas, lo capturó la policía mientras dormía una siesta luego de una noche de juerga en el marco de las fiestas por San Baltazar. Sus dos amigos fueron abatidos al instante de ser descubiertos pero al Gauchito Gil no lo entraron las balas. Lo salvó un amuleto de San La Muerte que colgaba de su cuello.

Con sus múltiples variaciones, los relatos orales cuentan que aquel 8 de enero de 1874 o 1878 para otros, decidieron trasladarlo a la ciudad de Goya para ser juzgado, pero en el camino, a 8 kilómetros de Mercedes, cambiaron los planes y los miembros de la tropa lo colgaron boca abajo en un árbol de la zona.
Pero  antes de que lo ejecuten el Gauchito Gil le dijo a su verdugo que su hijo estaba enfermo y que para que se cure iba a tener que venir a rezarle a él. Al pie de un espinillo Gil fue asesinado. 

Cuando el responsable de su muerte volvió a su casa su hijo estaba efectivamente enfermo, al borde de la muerte. El hombre, asustado, decidió volver al lugar de la ejecución y pedirle al Gaucho Gil que ayude al niño. Cuando volvió, estaba curado. Con este hecho nació el mito.

Pero, ¿por qué dijo eso?. En ese tiempo existía una creencia popular que la sangre de las personas ejecutadas injustamente era milagrosa.  

Este suceso se fue expandiendo de a poco por la zona. Muchas personas comenzaron a pedirle milagros al Gaucho y, supuestamente, iba cumpliendo. Estamos hablando de una zona que era muy poblada por aquellos años por la gran cantidad de campos que hay todavía.

Dice la leyenda que el dueño de los campos, harto de la llegada de cada vez más gente, movió el cuerpo a otra zona. Ese rico terrateniente no paró de sufrir desgracias familiares. Perdió todo. «Es por lo que le hiciste al Gaucho», le advirtieron. Entonces Gil volvió a su lugar.

El Gauchito , en todos lados

Los santos populares, cada uno con sus particularidades, atravesaron sufrimientos, abandonos, desamores y pudieron trascenderlos. Ellos son parte de nuestra idiosincracia como pueblo que, también, siente, sufre, agradece y celebra.
La investigadora argentina María Rosa Lojo identifica tres características fundamentales que poseen los santos populares. Una tiene que ver con tener una cercanía con las clases más humildes, ya sea por pertenecer a ellas, o por haber dedicado la vida a su servicio. La segunda, con haber pasado, a juicio de los devotos, por pruebas, obstáculos y sufrimientos que a menudo desembocan en la muerte violenta, en plena juventud. Y la tercera, hacer milagros.
En los último 30 años la devoción al Gauchito Gil se expandió a borbotones y se convirtió en el santo pagano más querido de la Argentina. El 8 de enero de 2019 más de medio millar de personas concurrió a su santuario improvisado y alejado de las grandes urbes, que se encuentra en la vera de la ruta N°123 en la pequeña localidad de Mercedes, Corrientes.

Por qué la devoción popular eligió al Gauchito Gil y no Vairoleto, Isidro Veláz quez, «Mate Cocido», el gaucho Vega o a cualquier otro de los ´jinetes rebeldes´ o ´bandidos rurales´ -como los llamó el historiador Hugo Chumbita- es una pregunta que flota en el aire.
Expertos en el tema como Ruben Dri y Pablo Semán ubican que durante los años ’90 y 2000 hubo un crecimiento en las manifestaciones populares hacia el Gauchito Gil. Para ellos, uno de los motivos que  contribuyó a expandir esta devoción fue la crisis estructural que afectó a la Argentina en esas décadas y que provocó la migración de correntinos al conurbano bonaerense. Como parte de su identidad litoraleña, las banderas rojas comenzaron a poblar las esquinas de cada barriada.

Otro de los motivos se vincula a la acción de los camioneros que recorrían la ruta del Mercosur que une Argentina, Brasil y Paraguay. Para el antropólogo Pablo Semán el ritual de la devoción exige reconocer al santo y rendirle homenaje con frecuencia. En el caso del Gauchito, su presencia se fue extiendo porque los camioneros, que tenían paso obligado por Mercedes, se fueron haciendo devotos y comenzaron a construirle altares en las rutas argentinas, como en su momento lo hicieron para la Difunta Correa.
Lo que representa la figura de los santos populares se vincula con las demandas y necesidades que se generan en determinados contextos sociopoliticos. El teólogo Ruben Dri entiende que el Gauchito Gil fue un sujeto que se rehusó participar en la lucha entre hermanos y por eso fue condenado injustamente. Pero a partir de ahí, las personas crean un universo de interpretaciones y acciones, donde se construye la identidad de un gauchito justiciero, que tiene solidaridad con los pobres, que se lo celebra bailando chamamé, al que se le deja dinero para que algún necesitado lo recoja y de esa forma, se va asociando a su figura con determinados valores humanos.

«Hay un tipo de identidad que construye el pueblo frente a una identidad a la que le falta política, porque se la niega precisamente el sistema. El sistema les niega la posibilidad de tener un proyecto político de liberación, entonces se construyen identidades que les permiten subsistir. La gente necesita aferrarse a un mito pero en la medida en que se aferra recibe fuerza él, es una especie de intermediación, reciben esa fuerza porque precisamente tienen fe en que el santo los va a ayudar», señala Dri.
El poder que irradian historias como las del Gauchito Gil moviliza las memorias de los pueblos aportando elementos para reconstruir un presente donde las trabajadoras, los hambreados, las desposeídas y los perseguidos tengan la posibilidad de una vida digna, justa y con alegría.

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