25 de septiembre de 2021

Desmanejos argentinos

La vida cotidiana nos obliga a transportarnos. Al hacerlo, somos testigos y víctimas de los más peligrosos seres del planeta: los argentinos al volante. 
Ejemplos sobran: el que pone la luz de giro para un lado y gira para el otro. ¿Qué placer sentirá al engañar al que viene atrás? ¿Tendrá una especie de dislexia derecha-izquierda? ¿O es que los de atrás existimos menos que repuesto de Tamagochi? Me inclino por la última. No solo me inclino. También abro la ventana y le grito algo.

Ni hablar del que viene adelante y de repente pone la baliza, frena y te deja clavado. Y vos decís: “Ok. Bajó a comprar una gaseosa, puchos, algo.“ No. ¡El tipo bajó a hacerse un traje a medida! y dejó el auto tirado ahí con vos detrás.


Hablando de señales: el que no hace NINGUNA señal sobre la maniobra imprudente que va a realizar. Al lado de este, el que pone el giro para un lado y va para el otro es la Madre Teresa dándole de comer a Lassie en la casa de los Ingalls. Y no es porque no pueda hacer ninguna seña: tiene un auto con bluetooth, airbags y hasta horno a microondas. No hace señas porque se siente un meritócrata de la conducción, un terrateniente de carril de avenida.

Ni hablar si se trata de una 4×4. No tengo nada contra las 4×4, sobre todo si el dueño es de hacer turismo extremo y maneja sobre un glaciar o vive cruzando charcos y lagos para la propaganda. ¿Pero en la ciudad? ¿Para qué? Después de mucho análisis, lo descubrí: Una 4×4 en la ciudad tiene un solo objetivo: ir a buscar a los chicos al colegio.

Más argentinos peligrosos: El que te toca bocina para hacer una maniobra brusca y la hace, como si el tocar bocina fuese suficiente para hacer lo que se le cante, ya sea cruzarte el auto, pasarte por arriba o hacer un willy con su Fitito.

¿Y al que no le anda la luz de stop? Ahh… y peor si es un utilitario con vidrios oscuros o un vehículo grande, tipo tanque Sherman, que no te deja ver qué pasa adelante. Y uno trata de cambiar de carril, pero cuando vos tocás la bocina o ponés la luz de giro y avisás que vas a cambiar de carril, nadie…NADIE te deja pasar.

La lista es infinita: El que viene usando el celular y se desplaza más erráticamente que balbuceo de ex vice, o el que cuando se topa con una calle de empedrado, baja la velocidad de 120 que venía, a 6 por hora. ¡Tu auto tiene suspensión moderna! No se va a romper… (Y ni qué decir si el que me hace eso es el taxista que me lleva. Solo hay algo peor que podría hacerme: decirme que tiene que parar a cargar gas.).

El que tiene las luces delanteras mal calibradas y te encandila por todos los espejos cuando se te pone atrás y no te pasa aunque desaceleres o bajes a hacerte un traje a medida. 
El enamorado de la bocina, que arranca tocando con el semáforo en rojo, sigue con el amarillo, el verde y no para incluso si hubiese un arco iris.

Y todo esto sin mencionar (cosa que haré en un próximo informe) a los ciclistas, peatones, camiones y camionetas que descargan en cualquier lado, las obras que ocupan 7 carriles de una avenida de 3, los contenedores de basura, las ciclovías, los contenedores de basura en las ciclovías, los colectivos que paran a 65 grados e impiden el paso, los semáforos descoordinados y la infinita cantidad de cunetas y lomos de burro… que dicho sea de paso: el lomo de burro es la demostración más perfecta de la inexistencia de la responsabilidad individual.


Y ahora los dejo… Me tocan bocina porque estoy estacionado en segunda fila con la baliza puesta terminando de escribir esta nota… “¡Si, macho, ya va, ya va, déjame poner el remate y arranco! ¿Qué te pasa? Puse la baliza. Si quiero me quedo a vivir y la…”

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