21 de octubre de 2021

Leandro Illia: “Con mi abuelo me sentaría a tomar mate y a hablar de política”

Leandro Illia, periodista deportivo, se define como radical pero no "radical M ni radical K". (Foto: Fernando Gens/Télam).

Leandro Illia, periodista deportivo, se define como radical pero no «radical M ni radical K». (Foto: Fernando Gens/Télam).

Leandro siempre escuchó hablar de su abuelo. Menciones cotidianas como dichas al pasar, anécdotas de su vida como médico rural, un nombre propio resonando entre los juegos de la infancia. Pero fue la tarde en que todavía siendo un niño Raúl Alfonsín le susurró al oído “te felicito por el abuelo”, cuando tomó dimensión de quién había sido ese hombre del que todos hablaban con respeto, e incluso admiración: don Arturo Illia, Presidente de la Nación.

Hoy Leandro Illia tiene 36 años, es periodista y lleva el apellido de su abuelo como un estandarte, del mismo modo que se llevan las medallas o las banderas que hablan de lo que somos, pero también de lo que queremos ser. Y también hoy, cuando Leandro conduce el noticiero de televisión de IP Noticias o “hace fútbol” en Radio Nacional, se cumplen 55 años de aquel 28 de junio de 1966 en que su “abuelo presidente” fue depuesto por el Golpe de Estado que llevaría al poder al general Juan Carlos Onganía.  

“Creo que lo mejor que nos dejó Arturo fue el apellido y el legado de que hay que cuidarlo, lo que es una enorme responsabilidad, pero también un orgullo”, cuenta Leandro a Télam, y se entrega a repasar una historia familiar marcada a fuego por la política. Su padre, Leandro Hipólito, junto a Emma y Martín uno de los tres hijos que tuvo el ex mandatario, también es un dirigente radical de fuste.

“Tengo un montón de recuerdos de mi abuelo, pero me di cuenta de quién había sido realmente cuando lo conocí a Raúl Alfonsín, que me felicitó. Yo era muy chico en ese momento, él se acercó y me dijo: ‘Te felicito por tu abuelo, yo con él tenía una muy buena relación’. Ahí me di cuenta de todo lo que había representado”, rememora. 

El legado, una historia

Con su esposa, Silvia Martorell. Ella falleció dos meses después del golpe de Onganía.

Con su esposa, Silvia Martorell. Ella falleció dos meses después del golpe de Onganía.

Si bien Leandro no llegó a conocer a “Don Arturo”, nació tres años después de que este falleciera en Córdoba en enero de 1983, su presencia fue casi física. “En mi casa se desayunaba, se almorzaba y se cenaba hablando de política. Desde muy chico yo ya sabía quién era Arturo. No sólo Alfonsín sino un montón de gente se acercaba a hablarme de mi abuelo y de lo que había representado”.

En aquel entonces Arturo Illia ya era una referencia histórica del radicalismo y su apellido, sinónimo de honestidad y austeridad. Había nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 4 de agosto de 1900, se había recibido de médico en Buenos Aires y se había radicado en Cruz del Eje, Córdoba, donde ejerció la medicina con especial atención de los más necesitados.

Leandro recuerda que “peronistas, socialistas, obviamente los radicales, y gente incluso ajena a la política, siempre se refirieron a mi abuelo de una manera positiva, con mucho amor y respeto. Por eso creo que lo mejor que nos dejó Arturo fue el apellido y el legado de que hay que cuidarlo”. 

Arturo Illia llegó a la política al calor de las movilizaciones de 1918 en pos de la reforma universitaria, que bregaba por una Universidad pública, cogobernada y democrática. Las influencias ideológicas llegarían a través de su padre, también militante radical, y del sector que en la Unión Cívica Radical se identificaba con Hipólito Yirgoyen y Amadeo Sabattini.

“Creo que mi abuelo -asegura Leandro- representó la forma en que todos queremos ver a la Argentina. Fue una persona que, además de la honestidad y la transparencia, se convirtió en un estadista con todas las letras. Le dedicó su vida al pueblo argentino”.

Illia llegó a la Presidencia de la Nación después de ser diputado nacional, vicegobernador de Córdoba y gobernador electo también de esa provincia, cargo que no llegó a asumir debido al Golpe de Estado que derrocó a Arturo Frondizi en marzo de 1962.

Poco más de un año después, el 12 de octubre de 1963, Arturo Illia asumía la Presidencia de la Nación. Su llegada a la Casa Rosada estuvo signada por la proscripción del peronismo y el exilio de Juan Domingo Perón. La Unión Cívica Radical del Pueblo, que lo postulaba, obtuvo el 25,14% de los sufragios. Los votos en blanco y nulos, que expresan el repudio a la censura del peronismo, alcanzaron un histórico 21,20%.

No es fácil ser presidente. No es fácil estar en el mundo de la política. Hay que dejar muchas cosas de lado. Arturo fue una persona que dio todo por el Pueblo argentino, por la Patria y por el prójimo, lo que también implica dejar un poco de lado todo, incluso a la familia”, asegura Leandro.

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El recuerdo de Emma, hija de don Arturo y tía de Leandro

Entre los hitos que marcaron la presidencia de Illia pueden contabilizarse el crecimiento de la resistencia peronista (el peronismo proscripto se las ingeniaría para ganar las elecciones legislativas de 1965); la anulación a través de dos decretos presidenciales de los controvertidos contratos petroleros firmados por Frondizi en beneficio del capital extranjero; y sanción de la ley de medicamentos (16.462), que ponía coto al lucro indiscriminado de los laboratorios en perjuicio de salud pública.

“Destacado por un escrupuloso respeto a las libertades públicas, cierto reformismo social y una vocación económica nacionalista, enfrentó numerosos problemas a poco de asumir: plan de luchas sindicales, conspiraciones del establishement y amenazas militares. Pero antes de cumplir los tres años de gobierno, contaba con escaso apoyo popular y político, y sería derrocado”, resume el historiador Felipe Pigna.

El 28 de junio de 1966 Arturo Illia fue depuesto por un golpe cívico-militar que instauró la dictadura de Juan Carlos Onganía. Cuando a las cinco de la mañana de aquel día el general Julio Alsogaray irrumpió en el despacho presidencial para amenazar al entonces presidente y exigirle que se vaya, este le dijo: “Ustedes no tienen nada que ver con el Ejército de San Martín y de Belgrano, le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos”. Era cierto. Pero era el fin.

Partido y política

 

Con Juan Pablo II, en 1982, durante la breve visita papal a la Argentina.

Con Juan Pablo II, en 1982, durante la breve visita papal a la Argentina.

“A mi me gusta mucho la política. Es imposible que no te guste algo que mamás de chico”, asegura Leandro, y agrega: “Ahora me está picando un poco más el bicho, pero antes me fui para otro lado, para el periodismo deportivo, de la televisión, de los medios. En algún momento uno puede llegar a pensar qué puede ser lo mejor. Pero para eso hay que formarse, estudiar, para eventualmente ocupar un cargo”.

Y piensa en la historia de su abuelo. Y en la de su padre. Y en la de la Argentina atravesada por los golpes cívico-militares. Y en la del país donde la política por momento es utilizada como una mala palabra. “Me parece que política es una palabra que hay que reivindicar -destaca-, porque no es toda mala. Si se hace el bien para que la gente pueda progresar, bienvenida sea”. 

“Lo mejor que nos dejó Arturo fue el apellido y el legado de que hay que cuidarlo”

Leandro no puede evitar a la Unión Cívica Radical (UCR), partido al que se siente unido por su familia pero también por las convicciones. “La actualidad del partido no me gusta”, enfatiza. ”Desde la Convención de Gualeyguaychú (en 2015, cuando se aprueba la alianza con el PRO) no me siento identificado. No puedo creer que el partido más importante de la Argentina no tenga candidatos propios y sea furgón de cola de otro”.

Arturo Illia era un hombre de costumbres simples, que no gustaba de usar custodia y prefería viajar en medios de transporte públicos.

Arturo Illia era un hombre de costumbres simples, que no gustaba de usar custodia y prefería viajar en medios de transporte públicos.

Y suma: “Tampoco coincide mucho con los valores históricos del radicalismo. Yo soy radical de Amadeo Sabatini, de Hipólito Yrigoyen, de Leandro Alem, de Raúl Alfonsín. Esta actualidad del partido no me representa. No comparto las decisiones ni como se toman, entre cuatro paredes con los mismos personajes de siempre. Me parece que se necesita un cambio profundo”.

También se refiere a radicales como Leandro Santoro, el legislador Lepoldo Moreau o al embajador ante España Ricardo Alfonsín, quienes hoy acompañan al gobierno nacional. Después de aclarar que “respeto mucho a esos dirigentes”, asegura que “hay que pelearla desde adentro, ser radical pero después irse, hacer alianzas para después ocupar un cargo, no me parece”.

“Yo soy radical, no soy radical M ni radical K. Yo soy Unión Cívica Radical por tradición y por convicción. Creo que hay que llegar a una alianza pero con los que piensan más o menos igual y para fortalecerse, que es lo que tiene que hacer el radicalismo pero no hace”, sintetiza.  

Tomar unos mates y aprender

"Mi abuelo, dice Leandro, fue una persona que, además de la honestidad y la transparencia, se convirtió en un estadista con todas las letras. Le dedicó su vida al pueblo argentino”.

«Mi abuelo, dice Leandro, fue una persona que, además de la honestidad y la transparencia, se convirtió en un estadista con todas las letras. Le dedicó su vida al pueblo argentino”.

A Leandro le hubiese gustado conocer a su abuelo. Hacer todas esas cosas que se hacen cuando se lo tiene. Conversar, escucharlo contar historias, compartir dudas, temores, alguna que otra certeza.

“A Don Arturo -confiesa- le preguntaría qué le pasó al partido en estos últimos años, cómo puede el radicalismo salir adelante. Y también le hablaría de la familia. Le preguntaría si se siente orgulloso de los hijos que tiene, porque yo estoy orgulloso de mi papá, que es un modelo a seguir”.

“Mi abuelo representó la forma en que todos queremos ver a la Argentina”

“Y hablaría de la vida. Tampoco sé si le hablaría mucho yo, creo que me sentaría a su lado a tomar unos mates y a aprender. Lamento muchísimo no poder hacerlo, porque me hubiese encantado aprender de él, tratar de seguir su ejemplo, algo que intento siempre. Sí: sentarme, tomar unos mates y que hable de lo que quiera. Y yo al lado suyo, escuchándolo”, destaca. 

Entre mates imaginarios y reales, Leandro se prepara para la próxima nota. Esta vez, una que va a hacer él. Recuperando la palabra, poniéndola en valor, cuidándola tanto como a su propio apellido.

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