27 de noviembre de 2021

«Pibas del viento»: inquietudes y contrastes de adolescentes creciendo junto a la música

Fotografías: Florencia Downes.

La realizadora sigue el día a día Guada, Maite y Sofi, tres amigas que comparten la pasión por la música.

La realizadora sigue el día a día Guada, Maite y Sofi, tres amigas que comparten la pasión por la música.

«Pibas del viento», filme documental de Liv Zaretzky que se estrena este jueves en salas y en la plataforma Cine.ar Play, acompaña a un grupo de preadolescentes de una orquesta infanto-juvenil del porteño club Atlanta en medio de sus conflictos, inquietudes y, por sobre todo, con su amor a la música.

«Durante el macrismo se presentó un proyecto para bajar la edad de imputabilidad de los menores y desde la orquesta escribieron un documento contando cómo el espacio había impactado en vidas particulares de chicas y chicos. Sus historias me conmovieron y pensé en retratar alguna de estas historias», recordó Zaretsky en charla con Télam en referencia a lo que había inspirado la película.

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Pibas del viento.

En palabras de la directora, las «historias eran de pibas con inquietudes, creciendo en un contexto difícil, pero habitando un espacio de pertenencia que marca una diferencia en sus vidas».

La realizadora sigue el día a día Guada, Maite y Sofi, tres amigas que comparten la pasión por la música en la Orquesta Vamos Los Pibes, que funciona en el Club Atlanta y que fue fundada hace 7 años por Hugo Lobo, el trompetista y compositor de Dancing Mood.

Allí, las tres chicas debaten y divagan sobre el incierto futuro que les espera, sus anhelos para continuar en el camino musical y los avatares tanto familiares como sociales que viven a diario y con los que deben lidiar.

«Para mí la música tiene algo de sagrado, es una forma de comunicación entre personas en todas las épocas, todas las religiones. Nos conmueve, nos conecta con un costado espiritual y expresivo muy poderoso. Entonces estoy convencida de que la música puede sanarnos y ser un puente que nos conecte desde un lugar diferente a las palabras», señaló la directora.

La Orquesta Vamos Los Pibes funciona en el Club Atlanta.

La Orquesta Vamos Los Pibes funciona en el Club Atlanta.

Y a modo de ejemplo, comentó: «Cuando llegué a la orquesta todo parecía ruido, caos. Pero cuando ese caos lograba encontrar un orden y esas partes disonantes hallaban su lugar, el sonido conjunto aparecía, se hacía música. Vibrar de manera colectiva me parece maravilloso y un buen punto de partida para enfrentar las adversidades de este mundo».

Télam: ¿Cómo fue el trabajo con tantos chicos?

Liv Zaretzky: Durante varios meses fuimos con Florencia Franco, la productora, a presenciar los ensayos. Ahí pudimos observar la dinámica, entablar vínculos con los chicos y chicas, las madres y los profes. El primer día que fuimos con la cámara algunos hacían morisquetas, nosotras seguíamos filmando. Hasta que se aburrían y volvían a lo suyo. Tratábamos de registrar desde una distancia prudencial para no interrumpir el transcurrir de la clase y rápidamente se acostumbraron a nuestra presencia.

T: ¿Cómo fue que las chicas, tan reacias a esa edad a mostrarse, terminaran abriéndote parte de su intimidad?

LZ: Les hablé con sinceridad, mostrando mi interés en contar parte de sus vidas, escuchando lo que me sugerían, con paciencia si algo no funcionaba o teníamos que cambiar de planes. Con respeto y haciéndolas parte de la película que estábamos creando juntas. Compartiendo también momentos sin la cámara y jugando un papel fundamental el equipo que me acompañó: Florencia Franco en la producción que está siempre atenta a que todas las personas se sientan cómodas y con la capacidad de hacer reír a cualquiera, y Melina Terribili y Paula Ramírez (directora de fotografía y sonido, respectivamente) personas sensibles y respetuosas. El hecho de que en el equipo éramos todas mujeres ayudaba a que las chicas se sintieran más cómodas durante el rodaje. Hablábamos mucho de cualquier cosa en un plano de igualdad.

T: Si bien mostrás parte de la marginalidad del mundo del fútbol, das lugar a algo menos conocido, que es el rol social y de contención que tienen los clubes para con los chicos.

LZ: Sí, hay algo de esa oscuridad que se desliza de manera muy sutil en la película y en la que yo no quería centrarme porque la historia que se cuenta es otra. Vivimos en una sociedad cada vez más estratificada en clases sociales. Los pibes ya no se encuentran en la escuela pública, ni jugando en la vereda. Quienes pueden se encierran a preservarse de distintas amenazas, y así están muchos pibes de clase media que no saben ni ir solos al almacén y pibes de barrios populares que pasan el día en la calle. Cada vez existen menos términos medios, cada vez nos cruzamos menos, nos ayudamos menos y nos relacionamos de manera más segregada. Con la pandemia claramente esto se agudizó. Estos espacios de clubes subsisten posibilitando el encuentro, el saberse con el otro y siendo parte de una comunidad. En todos los clubes barriales que pude conocer se da el mismo suceso, y eso lo quería rescatar.

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