24 de septiembre de 2021

La historia de los refranes: «Al que quiera celeste que le cueste»

Al que quiera celeste que le cueste

Ojo, que la rima de este refrán no es porque sí. La invitación a pagar un costo si se quiere “celeste”, no corre para cualquier color. Al que quiera violeta, o verde, o amarillo… seguramente le costará poco y nada obtenerlo… ¿Saben por qué cuesta el celeste? ¡Porque es propio del Cielo!

Cuenta la leyenda, que los Papas y otros señores del Renacimiento, cuando encargaban frescos y cuadros para sus iglesias y palacios, estipulaban por contrato cuánta pintura de oro y cuánto de azul de ultramar entrarían en la obra del pintor… Lo del oro era lo de menos…

En aquellas épocas, lo que resultaba complejo de obtener era ese azul claro, porque se conseguía a partir de una gema semipreciosa: el lapislázuli… Se trataba de una piedra difícil de encontrar. Sólo en algunos lugares de Oriente -por eso lo de ultramar-, y el costo de su transporte era tan alto que se la llegó a valorizar como al oro…

Cuando el lapislázuli llegaba a las manos del artista, éste lo tomaba con amor y pulía, pulía, hasta ver que asomaba ese azul anhelado, que además resistía tan bien la acción del tiempo… Pero para copiar el Cielo a la perfección, hacía falta mezclarlo con el blanco… ¡Atento a la dosis, pintor!… ¡Que te cueste buscar ese celeste, tiene que ser el Cielo de verdad el que encuentres!…

Así, de un maridaje entre arte, religión y comercio nació este refrán. “Al que quiera celeste que le cueste” podría traducirse como: “Al que quiera el cielo, que se lo gane”. En vida, por supuesto.

Eso sí: con trabajo, esfuerzo, sacrificio, sorteando los inconvenientes que aparezcan, sin claudicar… ¡Y sin quejarse!… Porque el cielo se reserva el derecho de admisión de los quejosos…

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